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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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28 Mayo 2020 04:00:00
Revolución de cempuasúchiles
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Epigmenio Ibarra volvió a causar revuelo, ahora con la columna que escribe en un periódico de la capital donde incluyó un párrafo digno de ser citado íntegro:

“‘¿Transformación es un eufemismo?’, le pregunté a López Obrador mientras, el otro día, con la cámara al hombro, lo seguía haciéndole una entrevista. Se detuvo, lo pensó un poco. ‘El objetivo de una revolución -respondió- es la transformación’”.

Así, como se oye. Para que lo sepan, las elecciones de 2018 no fueron unas elecciones, fueron algo así como la toma del Palacio de Invierno, inicio de la Revolución Rusa, aunque Ibarra aclaró que la revolución amloísta será pacífica, no como la soviética, la francesa o la mexicana. Y no se detuvo allí, auguró que “México habrá de vivir días estremecedores y luminosos. La atención del mundo se volcará sobre nosotros”.

Las declaraciones reproducidas por Ibarra, íntimo amigo de López Obrador, me trajeron a la memoria una épica borrachera de hace muchos años. La reunión fue en una huerta en el municipio de Castaños. Los concurrentes, tres o cuatro amigos, algunos autodenominados de izquierda -si no me equivoco uno se decía maoísta- y el vecino de la huerta, un viejo ejidatario de nombre Bibiano, pero al que todos llamaban con afectuoso respeto don Bianito.

A uno de los concurrentes, tan radical en ideas políticas como por su manera de acabar con el tequila, las neuronas maltrechas por el alcohol lo devolvieron a Tlatelolco en ’68 y a la Revolución Cubana. Don Bianito escuchó atento la perorata del exaltado compañero de copas, y cuando este acabó de desenrollar su rollo, el viejo solo hizo un comentario.

-Ya no puede haber una revolución -dijo, dejando caer las palabras como para enfatizar su significado.

El de la perorata lo encaró, preguntándole, hasta eso, en forma educada:

-¿Por qué ya no puede haber una revolución, señor?

Sin inmutarse, don Bianito respondió contundente:

-Porque ya no hay caballos.

La inesperada salida provocó la risa de los presentes, quienes consideramos que don Bianito tenía una idea muy cinematográfica de una revolución. El viejo ejidatario se quedó en silencio. Con una mirada escrutadora barrió, por decirlo así, cada uno de los rostros de los concurrentes.

-Sí, ya no hay caballos -insistió- y viéndolo bien, ni cabrones que los monten.

Entonces, a falta de caballos y de cabrones que los monten, don Bianito dixit, la revolución pacífica anunciada por Epigmenio Ibarra deberá ser algo parecido a la revolución de terciopelo habida en la ya desaparecida Checoslovaquia, al sacudirse el yugo soviético, o semejante a la revolución de los claveles portuguesa. (Aquí, como somos nacionalistas, sería la revolución de los cempuasúchiles).

En lo que sí no hay duda, es en que el mundo ya se ha volcado varias veces sobre nosotros. Recientemente lo hicieron The New York Times, The Wall Street Journal, The Washington Post y El País, lo cual disgustó al Presidente. ¿No fue suficiente?

Un soñador

Compañeros de banca en el Colegio, nuestros intereses nunca coincidieron. Él, formal, serio, de pocas palabras, parecía un hombre ciento por ciento pragmático. Ideas falsas que se hace uno, pues sucede que Raúl de la Peña tuvo un sueño digno de un poeta: construir una escalera al cielo en la sierra de Zapalinamé. Y lo cumplió. Hoy siento doblemente su partida: porque ya no está con nosotros y porque nunca supe adivinar al hombre que en
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