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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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13 Febrero 2020 04:05:00
Pueblo en vilo
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La problemática por la que atraviesa Altos Hornos de México (AHMSA), cuyo futuro está aún en el aire, hace de Monclova una segunda edición del famoso libro de don Luis González y González, Pueblo en Vilo. Desde hace meses, la situación de la empresa ha ido deteriorándose por diversas causas y está a punto de llegar a un nivel insostenible, un oscuro túnel en el que la única luz visible es la posibilidad de vender.

A Monclova y la región puede aplicarse la frase que describe la relación de México con Estados Unidos. “Si AHMSA se enferma de gripe, Monclova y la región sufren pulmonía”. Y no se trata de un fenómeno reciente, es un hecho que está por cumplir 80 años.  

La historia moderna de Monclova arranca en 1942, cuando en la entonces estación de ferrocarril -hoy ciudad Frontera- se empiezan a descargar enormes piezas de metal que ya armadas se convertirían en Altos Hornos de México. A partir de esa fecha las historias de la ciudad y de la siderúrgica son vidas paralelas, con perdón de Plutarco. Las altas y bajas de la acería se reflejan de manera instantánea en la vida económica de la población y en la amplia región sobre la cual hace sentir su influencia.

Miles de habitantes de municipios cercanos: Castaños, Frontera, Nadadores, Sacramento e incluso Cuatro Ciénegas, trabajan para AHMSA, cuyos intereses abarcan hasta la Región Carbonífera, Hércules (minas de hierro) y La Perla, Chihuahua, donde se procesa el material de hierro para facilitar su fundición. Hablamos, sin exageración, de un tercio de Coahuila.

Tampoco la historia de la siderúrgica ha sido tersa. En sus comienzos, y hasta los años 70 del siglo pasado, se hizo cargo del timón un hombre extraordinario, el ingeniero Harold R. Pape, que fue quien la construyó. En aquel entonces la industria nacional estaba en pañales y la única acería importante del país era la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, nacida con el siglo 20, en 1900, para ser exactos.

Contaba el ingeniero Pape que durante la etapa de planeación de AHMSA, se entrevistaron con el presidente Manuel Ávila Camacho, para exponerle el proyecto. “¿Y cuánto terreno necesitarán para instalarla?”, preguntó el Presidente. Sus interlocutores hablaron entonces de centenas de hectáreas, tantas, que Ávila Camacho los cuestionó: “Van a poner una fundidora o quieren hacerse de un latifundio?”.

Hasta el Gobierno de Luis Echeverría, el señor Pape manejó AHMSA y lo hizo muy bien. La transformó en la primera acerera de Latinoamérica operando con números favorables. Incluso por encima del gigante que era Volta Redonda, de Brasil.

El nacionalismo de Echeverría la descarriló. Marginaron al señor Pape y principió una administración politizada con un desfile de directores entre los que no faltaron verdaderos pillos. Algunos de estos sistematizaron el saqueo hasta poner al borde de la quiebra el antes floreciente negocio. Así fue como el presidente Carlos Salinas de Gortari organizó lo que en esos tiempos se llamó la “venta de garaje” de empresas nacionales y las privatizó.

Este capítulo ha tenido fuertes vaivenes que acabaron conduciéndola a la situación en que ahora se encuentra. Hoy, la empresa, motor de la economía regional, tiene detenida la respiración de sus más de 20 mil trabajadores y empleados, y centenares de proveedores, en espera de que la situación se resuelva y se aclare, por fin, el futuro de una de las regiones claves para el desarrollo económico de Coahuila.
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